Sobre mí



Maestro de Educación Física y Educación Primaria. Escritor y deportista aficionado. 


Me llamo Alejandro y tengo vida fuera de la escuela. En serio. Lo que pasa es que cuesta separarlas. Cada día, cuando voy a cruzar una de esas calles de la ciudad reguladas por un semáforo, aunque la lucecita de los peatones esté en rojo pero no se aproximen coches a varios kilómetros a la redonda, miro si hay algún niño de la mano de un adulto esperando para cruzar. Normalmente, cuando es así, compruebo cómo el adulto se afana en recordar la norma a la criatura y yo, maestro 24/7, hago uso aquello de que se enseña dando ejemplo. 


Tengo vida fuera de la escuela, sí, pero la de dentro me la llevo conmigo. En Santiago de la Espada, en la imponente sierra de Segura de Jaén, me vieron llegar con el carné de docente en prácticas recién obtenido y con las aptitudes pedagógicas sin estrenar. Allí viví mucho fuera de la escuela; todavía siento el frío en los dedos de los pies cuando salía a correr y miro al cielo en busca de buitres que sobrevuelen mi cabeza. Allí aprendí a buscar truchas gracias a mis alumnos y traté de que aprendiesen lo que debe aprender un alumno de 3º de primaria a través del buen humor, de las historias personales y los debates en el aula. 

En Nueva Almería me vieron madurar -y disfrazarme de multitud de seres más o menos ridículos-. También me dejaron muy buenos recuerdos. Tanto es así que, tras cuatro años allí y un intervalo de dos cursos fuera, regresé como el que vuelve tras ir a estudiar fuera. Segundas partes nunca fueron buenas. Esta, sin embargo, para mí sí. Para ellos... mejor no les pregunto. No me han dicho nada, imagino que no iría tan mal. 

Esos dos años de intervalo me ayudaron a conocer el Poniente almeriense y La Molina de Roquetas de Mar, al pie de los dos mares, el azul y el blanco, el natural y el artificial. Me recuerdan, los recuerdo, a algunos más que a otros. También tuve la oportunidad, al año siguiente, de retirarme cuál poeta en búsqueda de su musa a la Alpujarra almeriense y conocer el colegio de Instinción. Olor a pan y azahar. 

Ahora me muevo por Almería de nuevo. Al estar en otro barrio, extiendo las redes del reconocimiento a otros parques y zonas de juego de la ciudad, lo que provoca que «¡Maestro!» se convierta en mi banda sonora de mis paseos al aire libre en buena parte de la ciudad. Pero a mí me gusta. Si me llaman la atención, será que les da alegría verme, y eso no debe ser malo del todo. Aunque al día siguiente me provoquen dolores de cabeza para varias horas.

Con mi trabajo he vivido multitud de experiencias que sirven para escribir, hablar, contar y recordar. Como aquella vez que un chico que me pidió que no le mandase tarea porque esa tarde venía el marchante a llevarse a su chivo y tenía que despedirse de él. Siempre pienso lo mismo, debería escribirlas, que luego se olvidan. 

Pero lo que más me gusta y define, sin duda, es el inconformismo y las ganas de aprender. Si algo hago mal, ten por seguro que no es por voluntad propia. Mi objetivo final es el bienestar de todos los que formamos esto. Que la sociedad y la vida sea cada vez más justa. Que aprender sea una afición y que nuestro mundo esté limpio, bonito y agradable. 






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