KEIRA Y LAS LAGARTIJAS

KEIRA Y LAS LAGARTIJAS


Por Alejandro Asensio


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Keira nunca olvidará aquella mañana en la que, por accidente, tuvo que comerse una casa. Era una niña tozuda, con muy mal carácter, que nunca quería hacer nada. Siempre se dejaba llevar por sus impulsos y no perdía ni un segundo en pensar antes de actuar; lo que le llevaba a cometer muchos errores.


Era una mañana de sábado luminosa. Keira decidió ir a visitar a su amigo Melo, que vivía al otro lado del pueblo. Se colgó la mochila a la espalda y metió dentro a Lindo, su peluche favorito. Lindo era un koala de color marrón que siempre acompañaba a Keira en cada una de sus salidas. Cuando regresaba a su casa, lo colocaba en la estantería de siempre acompañado de los juguetes de siempre. Si a alguien se le ocurría tocarlo, se enfadaba e incluso le retiraba la palabra. Nunca, nunca, se lo dejaba a nadie.


La calle estaba desierta y Keira decidió hacer el paseo con tranquilidad. El sonido de los pájaros le molestaba, no quería que hubiese ningún ruido a su alrededor. Cogió una piedra del suelo, la más grande que vio, y la lanzó con fuerza hacia el árbol del que procedía el trino de las aves. Cuando la piedra hubo desaparecido, un grito salió desde el interior del bosque. Keira se preocupó y decidió internarse entre los árboles para ver qué había sucedido. Unos metros más adelante llegó a un claro desde el que una lagartija con una capucha amarilla la observaba atentamente.


— ¡Hola! — saludó Keira — ¿Te he hecho daño?


La lagartija huyó entre un arbusto y Keira decidió volver por donde había venido. No tardó en darse cuenta de que no sabía dónde estaba, puesto que el camino había desaparecido y no era capaz de encontrar el camino de vuelta.


Entonces, siguió andando por donde se había metido la lagartija hasta que llegó a otro claro donde había cuatro casas hechas con comida. Una de ellas era de chocolate, la otra de nubes de algodón, la otra de chicle y, la última, de calabaza.


Como keira tenía tanta hambre, pensó en comerse las casas ya que allí no había nadie. Pero, cuando le dio el primer bocado a la ventana de chocolate, apareció una bruja con cara de mala y un brujo con una verruga en la frente.


— ¡Niña, ahora te vas a enterar! — dijo la bruja mostrando una caja en la que se encontraba Lindo, el peluche de Keira.

¿Cómo habría llegado hasta allí? Keira miró en la mochila y comprobó que Lindo no estaba dentro. El que tenía la bruja era el suyo.


— Dame mi peluche — dijo Keira mientras la bruja sostenía la caja con Lindo en su interior.


En ese momento, apareció la lagartija con la capucha amarilla acompaña de dos lagartijas más. Eran amigas de la bruja y el brujo.


El brujo de la verruga prometió regalar el peluche a quien fuese capaz de comerse una casa entera.


La primera fue una lagartija que llevaba un chaleco rojo. Decidió comerse la casa de chocolate. Comió y comió sin parar hasta que, poco a poco, se fue convirtiendo en una bola gigante. Se puso tan grande, que empezó a rodar y se perdió por el bosque.

— ¡Ayuda! — gritaba la lagartija.


Entonces fue el turno de la otra lagartija. En este caso una que llevaba unas gafas verdes pero con una nariz con bigote. Esta lagartija decidió comerse la casa de chicle. Comía y comía sin parar y pensaba que se iba a poder quedar con el peluche. Pero no pudo, porque se convirtió en pelota, empezó a botar y botar, hasta que el brujo le dio una patada como si fuese un balón de fútbol y se perdió por los árboles.


Lo más increíble fue lo que pasó a la lagartija de la capucha amarilla. Decidió comerse la casa de nubes de algodón.


— El peluche será para mí — aseguró la lagartija con descaro.


Conforme iba comiendo, su cuerpo se iba separando del suelo. Hasta que no pudo evitar volar e irse hasta lo más alto y juntarse con las nubes de verdad.


Era el turno de Keira. Tenía que comerse la casa de calabaza.


—Tengo un truco — inquirió Keira —. El peluche volverá conmigo.


— Ja, ja ja — rio la bruja —, no te lo crees ni tú.


Keira recogió unas pocas ramas de los árboles e hizo una hoguera. Fue cogiendo poco a poco la casa de calabaza y cocinando en el fuego los trozos. Tardó varias horas, pero se la comió entera y sin que le pasase nada.


Lindo volvió con ella y gracias a una brújula que misteriosamente apareció en la barriga de Lindo, encontró el camino de vuelta a casa y pudo visitar a su amigo Melo. Cuando le contó la historia a su amigo, no la creyó. Pero Keira siempre recordará aquella tarde en la que las que aprendió muchas cosas gracias a tres lagartijas.


Y patatín patatán, este cuento ha llegado a su final.

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